Violencias y falacias

Tomado de El  Telégrafo, 15 de diciembre del 2009

Catalina León
catalina.leon@telegrafo.com.ec

Es imposible la existencia de la acción de Estado y de Gobierno que goce de la aceptación incondicional de todos los sectores, pues la sociedad está cruzada por conflictos y antagonismos.

No es, pues, cierto que una política puede beneficiar a todos y todas por igual. Evidentemente, el Proyecto de Ley Orgánica de Educación Superior, elaborado en la Senplades, no puede menos que contrariar a los sectores sociales, financieros y universitarios vinculados a los poderes constituidos.

La situación académica vigente al amparo de dichos poderes es conocida por todos y todas.

Para la muestra un botón: en estos días debí evaluar un ensayo elaborado por estudiantes de humanidades del penúltimo año de formación; la contrariedad fue enorme cuando comprobé que una gran parte del curso plagió una parte del material de lectura que les fuera entregado. En la universidad esto es “pan de todos los días”, no he sido ni seré la última docente que constata tal situación. Lo curioso es que nadie o casi nadie ha puesto el dedo en la llaga ni se toman medidas institucionales, que no podrán ser represivas porque se trata de un patrón formativo basado en la ley del menor esfuerzo fomentado, con honrosas excepciones, en todos los niveles de educación formal.

Las medidas, por lo tanto, deben ser pensadas como una política universitaria de formación propedéutica y de selección no discriminatoria a las categorías sociales desfavorecidas. Esas son las lacerantes realidades de la universidad ecuatoriana. De ahí que el remedio deba ser aplicado con honradez, sabiduría y compromiso con la democracia social y la soberanía del conocimiento. “¿Autonomía para colonizar nuestra universidad y obstaculizar la excelencia y el pensamiento?”

Por todo esto no entiendo por qué representantes de sectores políticos dichos revolucionarios y seguidores de las causas populares son capaces de alinearse en el mismo bloque de oposición política y parlamentaria con la derecha. ¿Hay acaso algún vínculo insoluble que los une, hasta el punto de llevarlos a sostener un discurso cínicamente doble y seudo-revolucionario?

La más consistente explicación, de cara a la experiencia nuestra de las últimas décadas, es la corresponsabilidad de unos y otros –a su manera– por la decadencia intelectual de la universidad y del sistema educativo ecuatoriano. Todo lo cual significa que, desde la cima de los poderes constituidos, unos y otros se esfuerzan por encubrir algo inconfesable.

Lo más llamativo y repudiable, sin embargo, es el paroxismo al que llegan ciertos actores, quienes recurren sin reservas a métodos delincuenciales, en actitud de supuesta defensa de la autonomía universitaria. No comparto ni defiendo las convicciones del rector de la Universidad Central del Ecuador, pero condeno la violencia y la amenaza en contra de su vida e integridad. ¿Se puede, entonces, creer en la moralidad pública de estos grupos políticos y en su discurso a favor de la autonomía universitaria? ¿Autonomía para qué? ¿Para colonizar la universidad ecuatoriana, para obstaculizar su marcha hacia la excelencia y el pensamiento, para esquilmarla por dos o tres décadas más?