Que te vaya bonito…

Los amores encontrados, los amores imposibles siempre han sido y serán temas para componer poemas, canciones y la misiva última del amante despechado antes de su suicidio. Morir de amor siempre fue la forma más bella de morir.

Tan vieja como la humanidad, el amor ha trastornado a hombres ecuánimes, ha vuelto homicidas a los pacíficos, coléricos a los mansos, tranquilos a los violentos, melancólicos a los alegres, eufóricos a los tristes, sanguinarios a los justos y hasta aquel que murió infamemente en la cruz “por salvar los pecados del mundo”, lo hizo por  AMOR a quienes en dos milenios no han hecho el mínimo esfuerzo para justificar el deicidio.

El amor también fue el pretexto para la avaricia y la guerra. Homero nos relata la destrucción de Troya, por la supuesta traición a la hospitalidad griega por un príncipe troyano. Y OH sorpresa, cuando cae la ciudad sitiada, por el ardid del caballo, del burro o de lo que haya sido, la amante raptada vivía feliz con su joven príncipe, opción válida para ella ante la eventualidad de solo ser la concubina de un viejo y sátiro rey griego.

Hace más de cincuenta años, ese gran compositor José Alfredo Jiménez, compuso la canción que tanto le gusta a nuestro Presidente: Ojalá que te vaya bonito.

Para suerte nuestra, el presidente es consciente de sus limitaciones artísticas para el canto y tal vez por ello se limita a la primera línea de la canción. Pero al escucharla completa, caemos en cuenta que la letra hace referencia al amor frustrado de alguien que creyó dar todo y desea que alguien más bueno le dé lo que no pudo darle. Y es que en el amor como en la amistad,  no se trata de dar todo sino de dar lo mejor de cada uno. ¿Y qué es aquello que reclama la amante o el amigo que generalmente no está englobado en ese “te he dado todo y de todo”? Se puede llamar respeto, también fidelidad, tolerancia, o condescendencia. Es la actitud de aceptar al otro tal cual es, con sus virtudes y defectos, sin pretender convertirlo en una caricatura de si mismo. Es la capacidad de encontrar en la diferencia la unidad, en la discrepancia la comprensión, en el error la virtud, en la contradicción el progreso.

En muchas ocasiones los seguidores de la Revolución Ciudadana hemos discrepado públicamente con el Presidente. Y nos ha dolido ser tildados de infiltrados y desleales, y que nos haya deseado que nos vaya bonito.

Vamos con algunos casos. En la Mitad del Mundo, en el primer día de gobierno, los Revolucionarios Ciudadanos ahí reunidos, pifiaron la designación como flamantes Ministros a algunos personajes de la partidocracia, en especial al secretario de Agricultura, con antecedentes de militancia en la Democracia Cristiana y el Prian. ¿Qué hace un exportador de flores en un gobierno revolucionario? Su paso con más  pena que gloria por el Ministerio le dio la razón a la chusma rebelde. Este mismo personaje, luego en el Banco Central afirmaría, muy suelto de huesos, que las “doras” (lavadoras, refrigeradoras, etc.) eran artículos de lujo y que el pueblo no debería aspirar (con aspiradora) a poseerlos.

En las pasadas elecciones de Alcaldes, en el cantón Milagro, los seguidores del Presidente mostraron su descontento por el apoyo que él dio a la reelección de un candidato de derecha, elegido por las listas del Prian. Quienes visiten los barrios periféricos de esa ciudad podrán constatar la desatención y la pobreza de ese rico cantón. Adivinen de quien son las empresas que hacen la obra pública en Milagro. Averigüen la fortuna que están acumulando ciertos funcionarios públicos en ese cantón.

¿Y la Contraloría?  Bien, gracias.

En ambos casos, así como en otros, el pueblo seguidor del Presidente, soportó estoicamente el agravio de ser tildado desleal e infiltrado, y ser sentenciado a que le vaya bonito.

Mucha gente con  integridad profesional y moral, se embarcó tempranamente en este proyecto de gobierno. Dedicaron cientos o tal vez miles de horas y recursos económicos propios para lograr el triunfo de Rafael Correa. Creyeron en él y se adhirieron a las propuestas para lograr un gobierno diferente, democrático y firme, que cambie este país, y tienen, sin lugar a dudas, su cuota de méritos en lo hasta ahora se ha logrado. (En lo personal me adherí a la candidatura de Correa cuando éste tenía una intención de voto del 3.5% frente al candidato de la Red que tenía el 34%).

El alejamiento de estos amigos de la Revolución Ciudadana debe ser asumida con dolor. La decisión que han tomado, de hasta aquí los acompaño, debe ser motivo de reflexión de lo que está pasando y porque está pasando. No cabe señalarlos de infiltrados, oportunistas o de tener proyectos propios a quienes piensan y se atreven a decir lo que piensan; más aún cuando se han ratificado en su adhesión al Proyecto Político al que consideran que va  por mal camino. Muchos de ellos son fundadores históricos del Movimiento, construyeron el Plan de Gobierno y trazaron las estrategias que hicieron posible los triunfos electorales de Rafael Correa.

Para ellos no aplica la primera línea de la canción de José Alfredo Jiménez. Para ellos, en cambio si cabe el primer párrafo de la canción de Alberto Cortez: Cuando un amigo se va. Porque ese vacío no podrá ser llenado por oportunistas y revolucionarios de última hora, esos sí infiltrados, que desde dentro del gobierno empujan al Presidente a equivocarse, a distanciarse de gente valiosa, a conciliar con la derecha oligárquica y a pelearse con toda organización de masas que tenga opinión propia.

La revolución Ciudadana está en construcción y en ella deben tener espacio los indígenas, maestros, intelectuales, obreros y campesinos, adheridos a una concepción de democracia participativa que no les signifique renunciar a su propia visión ni agenda. Donde no sea anatema pensar diferente, donde sea posible opinar y ser escuchado. Donde no se rehúya el debate.

El Presidente Correa tiene las virtudes para pasar a la historia como un mandatario excepcional de este maltratado país, tiene las condiciones para llegar a ser un gran líder, pero, dada las condiciones de su corta y meteórica carrera política, tiende a cometer errores de forma y de fondo. Y en política los errores pasan factura.

El alejamiento de compañeros de lucha valientes, sin tacha e ideológicamente de izquierda debe preocuparnos. Pero más preocupación debe causarnos el papel cada vez más protagónico de figuras que no sabemos de donde salieron, que nunca las vimos en los procesos de construcción y lucha electoral de esta revolución, que tienen antecedentes de servicio a lo más retrógrado que ha producido la fauna y flora de la política nacional, que ideológicamente en la derecha se pusieron al servicio del poder actual con el mismo servilismo con que sirvieron a Febres Cordero, a Alvarito, a Lucio, y al mismo Diablo si hubieran podido. De esta gente solo se puede esperar el adulo y el aplauso taimado. Esta es la gente que el 30S estaban a la expectativa de ver  para que lado correr, a que nuevo amo servir. Al final de cuenta, siempre habrá quien grite: ¡el Rey ha muerto! ¡Viva el rey!.

El Presidente debe aprender a escuchar. Los aduladores y esbirros solo le permitirán conocer el lado distorsionado de la realidad. Los amigos verdaderos son aquellos que están dispuestos a jugárselas, pero también a criticar y señalar los errores que cometemos. El poder seduce y nunca nos faltaran “amigos” cuando estamos en la cresta de la ola.

La revolución ciudadana es un proyecto en construcción de un colectivo de gente honesta que está dispuesta a todo con tal de ver a este país libre de mafias, de politiqueros corruptos y de explotadores.

El Presidente Correa no debe nunca permitir que ningún adulón le meta en la cabeza de que “la Revolución Ciudadana soy yo”, emulando a los Luises Franceses cuando proclamaron:”El Estado soy yo”.

El idilio entre las masas y sus líderes nunca ha sido eterno ni incondicional. Ojalá nunca ocurra que aquellas tengan que sentenciar: que te vaya bonito.

Anexos:
Letra de Que te vaya bonito
Letra de Cuando un amigo se va

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