El paso del neoliberalismo por nuestra historia dejó un país devastado en todos los órdenes

Un sector eléctrico ineficiente, insuficiente para satisfacer las necesidades del desarrollo y del buen vivir nacionales,  orientado a la generación termoeléctrica en desmedro de otras formas de generación eléctrica más baratas y menos contaminantes, constituido por empresas “privadas”  saqueadas  y convertidas en botín político que benefició a los mismos que hoy aparecen en los medios de comunicación como «especialistas» a los que nadie pide cuenta por los desmanes de ayer.

Un sector minero entregado a empresas nacionales y extranjeras que al amparo de una Ley de Minería promulgada en el gobierno de Febres Cordero y perfeccionada por los privatizadores de Duran Ballén y Noboa Bejarano, recordemos que en ningún caso sometieron sus propuestas de leyes al debate ciudadano, se apropiaron de miles de hectáreas “concesionadas” ilegal e inmoralmente, lo cual obligó al gobierno actual a terminar con más de 4000 concesiones que durante años explotaron la tierra sin considerar la contaminación ambiental o los derechos de los trabajadores, y que, por otro lado, favorecieron el comercio corrupto de tierras de las comunidades ancestrales en un tráfico que solo a ellos beneficiaba.

Un sector petrolero paralizado, con la producción declinante desde hace algunos años, sin inversión en exploración o en explotación,  sin protección a los trabajadores que fueron “tercerizados” para burlar sus derechos, y regalando a las compañías privadas, no sólo el 85% de la producción obtenida, sino además, el 100% de los excedentes en los precios pactados; vendiendo petróleo crudo para importar derivados, porque ese era el negocio de los socialcristianos; con contratos de participación y/o de prestación de servicios, realizados de tal manera,  que consagraron la corrupción institucionalizada y la entrega de nuestra soberanía y de nuestros recursos. Como triste ejemplo, está el heroico esfuerzo de las comunidades indígenas para sostener durante lustros el juicio contra la Chevron-Texaco, que luego de años de explotación petrolera, sembró  de muerte nuestra Amazonia.

Un sector industrial dependiente de maquinarías, tecnología y materias primas extranjeras. Acostumbrado a comprar bienes de capital obsoletos y por eso con un alto grado de capacidad instalada no utilizada; divorciado totalmente de las necesidades del desarrollo, indiferente a las posibilidades de producción agro-industrial que hubieran permitido generar un importante valor agregado para nuestras exportaciones; acostumbrado a recibir protecciones arancelarias, exenciones tributarias, subsidios y “tratados” que desde el estado que hoy cuestionan, les garanticen acceso a mercados internacionales que les permitan dejar fuera sus utilidades.

Un sector agropecuario dedicado a la producción destinada a la exportación desde el monocultivo y desde la producción intensiva en el uso de agroquímicos y venenos que lesionan la vida de los trabajadores y de los consumidores; la exportación de banano, de flores, etc. les permite expoliar al productor nacional con precios ínfimos, y dejar en otros países las enormes utilidades que ganan,  sin atender a las necesidades de alimentación de la sociedad; y peor, sin articularse con los demás sectores de la economía para sustentar la generación de empleo, la soberanía alimentaria, el respeto al medio ambiente y una racional utilización del agua.

Empresarios agrupados en cámaras de la producción consagrados a la evasión y a la elusión tributaria como deporte nacional, acostumbrados a exigir financiamiento a intereses preferenciales para sus proyectos, dedicados a la violación sistemática de los derechos de los trabajadores, pagando salarios de hambre discriminando a mujeres y niños, extendiendo sin remuneración las jornadas de trabajo y rotando indefinidamente a los trabajadores entre sus empresas tercerizadoras –Alvaro Noboa tenía cerca de 150- para eludir el pago de obligaciones básicas de los trabajadores y no adquirir ni respetar compromisos patronales,  beneficiándose del trabajo de niños –al punto que EEUU censuró esa práctica de nuestros “eficientes” empresaurios- y despidiendo sin indemnizar a los trabajadores que reclaman por sus derechos, gracias a los jueces de trabajo puestos a dedo en el reparto que hizo la partidocracia de la función judicial.

Esta situación fue generando durante muchos años un ambiente propicio para el colapso. El sector eléctrico no crecía en su capacidad de generación lo suficiente para atender el crecimiento de la demanda nacional. La minería era un saco sin fondo en donde se llevaban toda la producción, contaminaban inmisericordemente el medio ambiente y dejaban poblaciones famélicas llenas de trabajadores desamparados y enfermos. El petróleo no servía para nada, lo poco que se extraía era para las empresas privadas, -nacionales o extranjeras- y era tan irracional la situación que, en lugar de beneficiarnos por las exportaciones de petróleo cuando subía el precio del crudo, la necesidad de comprar derivados de petróleo producía un peso negativo en nuestra Balanza de Pagos.  Los industriales, bien gracias, subsidiados por el estado para sostener su ineficiencia y evadiendo. Los propietarios agropecuarios, idem, apropiándose además del agua que no dejaban fluir hacia las tierras de los campesinos pobres.

Si todo el sector real, es decir, el sector productivo de la economía, fue devastado, ¿cómo ha sobrevivido este país?

Pues, de la especulación financiera, de los flujos financieros propiciados por la corrupción institucionalizada desde los gobiernos de turno: (eléctricas, carreteras, gas, petróleo, barcazas, telefónicas, ropa sucia, verificadoras en las aduanas y contrabando abierto, venta de jueces y diputados, consultorías con el BID, el BIRF, FMI, comisiones y coimas en todo ello), y del lavado de narcodólares provenientes de Colombia y Perú. Y de las ventas al extranjero, y de las utilidades no repatriadas. Y del saqueo bancario además, robarse 8.000 millones de dólares mediante la congelación de depósitos y mediante la creación de la AGD y mediante la emisión inorgánica del banco central para cubrir los huecos dejados en los bancos de los pelucones, no es pelo de cochino. Levantarse con los intereses de la deuda externa, que hace tiempo estaba en manos de acreedores ecuatorianos, explica por qué gritaron tanto los medios de comunicación cuando el gobierno del Presidente Correa hizo la oferta de compra al 30% del valor nominal los Bonos Global 2012 y 2030.

Esto explica porqué gritan tanto los medios de comunicación. Hoy, los Isaías no tienen su aparato mediático, pero los Egas, Alvarado, los Pérez, los Mantilla, los Martínez, los Acquaviva, el gordito que me falta de canal UNO, -que son los dueños- azuzan a sus canes para crear un concierto de aullidos. El problema es que las medidas del gobierno los golpean justamente donde les duele: en los bolsillos, en los flujos de caja y en los negocios armados con los “países amigos” donde habían amarrado la balsa desde hace tiempo.  No saben cómo ir a amarrar negocios con Irán, o con China, o con Venezuela, o con Cuba, o con Rusia. Antes, el estado concertaba tratados y acuerdos, y ellos se apropiaban de los mercados mediante una coima a unos cuantos funcionarios corruptos. ¡Cuántos exministros se hicieron ricos así!

Pero lo peor es la devastación moral que sembraron en el Ecuador. Todos conocemos a un ladrón viviendo en Samborondón. O en cualquier otra parte del país. El problema no es en donde, sino que ese cantón se convirtió en símbolo de la corrupción porque todos los pillos van a vivir allá. Es una manifestación de arribismo social. Ya no valoran lo que cada ser humano es. Valoran lo que tienen. Así sea mal habido. Lo que les importa a estos pillos es parecerse a los ricos. Acercarse a ellos, ser como ellos. Y por eso es fácil encontrar a tanto chiro de antes, rico de hoy, que es más prepotente, abusivo y procaz que el rico de siempre.

Y resulta que, juntos, chiros de antes y ricos de siempre, terminan juntos defendiendo un estado de cosas y un “modelo” de enriquecimiento que no respeta valores, ni decencia ni honor. Sólo importa tener y ostentar, y terminan, como decía Alberto Cortez de la infiel y el cornudo, “los dos, en la misma cama”

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