Diego Oquendo Sánchez

Tomado de la Revista Dinners

Marcos Ana es un poeta español que pasó 23 años en las cárceles franquistas por comunista.

Entró en 1938 a los 19 años. Cuando salió a los 42 empezó a sufrir unos mareos que terminaban en vómitos.

Al llegar a Francia, país en el que se refugia, va al médico para que le libre de los insoportables mareos que le atormentan. Encontrada la causa, no podía creer la explicación que le dan: la vista de Marcos Ana era apta para el encierro, si veía hacia el horizonte y no a una pared se mareaba porque sufría el efecto de alguien con buena vista que se pone lentes de medida muy alta. No era capaz de ver el horizonte, pasó mucho tiempo antes de que Marcos Ana pudiera salir de un lugar cerrado, porque ahí no sufría la sintomatología, él se auto recluía para aliviarse. En resumidas cuentas: no podía vivir en libertad, su cuerpo estaba adaptado al cautiverio.

En las cárceles franquistas conoció a prisioneros de todo tipo, edad, educación, condición social, la de él, era la del campesino cuyos padres se persignaban cuando pasaba el patrón, si, como si pasara un Dios encarnado. Marcos cuenta que todas las noches rezaba, hasta que se dio de cruces con unos oradores que hablaban de su gente, de sus miserias, de su familia, de sus sombras, de sus dolores, de su pobreza. Entonces se interesó en lo que decían y poco a poco empezó a cuestionarse las creencias que le habían dado de lactar. Tiempo después, empezó a repartir panfletos y a cumplir tareas que le encargaban los rojos, él seguía diciendo sus oraciones antes de dormir. ¨Diego, no sabes lo difícil que fue desprenderme de unas creencias que ya no eran las mías¨. Pero no era el único ni mucho menos, Miguel Hernández, otro campesino, como él sufrió la cárcel, ahí fue donde Marcos Ana conoció al gran poeta que tiempo después moriría de franquismo puesto que nadie le dio atención médica a una tuberculosis que en otras condiciones no habría sido mortal.

Marcos Ana pudo evitar su desgracia porque los ardores de sus convicciones juveniles pudieron más. Un día es apresado, pero tiene suerte porque aprovecha de que la muchedumbre es grande y los guardias no se dan abasto, en la primera oportunidad que tiene huye con éxito. Pasa unos días escondido, sin comunicarse con nadie, sin embargo, está tan convencido de su doctrina que no aguanta la pasividad de su escondite y empieza a convocar a sus camaradas llamando por teléfono desde la clandestinidad. Uno de ellos lo delata y Marcos Ana vuelve a dar con sus huesos en la cárcel, esta vez su buena estrella deja de brillar, entra para no salir sino 23 años después, la última imagen que lleva en su mente es la de la derrota.

Tras las rejas es un derrotado, dentro de si no se siente vencido. Se las arregla para organizar a sus camaradas: celebran homenajes a compañeros caídos, intercambian libros, escriben cartas que logran enviarlas al mundo exterior para dar a conocer su situación, consiguen editar un periódico escrito a mano, ilustrado con dibujos precarios. Un día es interceptado el periódico y Marcos Ana asume la responsabilidad de todo, los guardianes lo toman como una provocación porque el periódico está escrito con letras diferentes y bolígrafos de varios colores, entonces, por la supuesta tomadura del pelo es masacrado a golpes. Marcos Ana no quería burlarse de los vigilantes, tenía la intención de cubrir a sus camaradas. Esta es una de las tantas veces que es torturado. En otra ocasión cuando el infame verdugo exasperado porque no logra sacarle información alguna, lo toma de las solapas y fuera de sí le grita: coño qué es lo que la gente como tu quiere. Marcos Ana bañado en sangre le contesta que quiere una sociedad en la que nadie le haga a él, lo que él le estaba haciendo.

Estuvo condenado a muerte en dos ocasiones, una diluyó su angustia en las actividades que compartía con sus compañeros de infortunio, con todos aquellos que sobrevivían en el callejón de la muerte. Por algún motivo le perdonan la vida y transforman la condena en años de prisión. Marcos Ana respira aliviado, pero no por mucho tiempo, lo vuelven a condenar a muerte y esta vez lo tiene que enfrentar solo, en una celda en que apenas podía poner sus brazos en cruz. De haber tenido la pluma de Dostoievsky habría redactado el libro mas estremecedor jamás escrito, contando solamente el terror que siente quien sabe el día y hora de su muerte durante la noche.

Cuando salió libre en 1970 y se enamoró de toda mujer que vio, no estaba prendado de una en particular, estaba enamorado de la mujer que imaginó en la cárcel y todas se le parecían. Sin saber cómo era un beso, ni cómo era hacer el amor puesto que a sus 42 seguía siendo doncel, fue adonde una prostituta. Con ella pasó la noche más tierna de su vida, al amanecer, con lágrimas en los ojos ella se despide y se va sin cobrarle.

Esto es una parte de lo que me contó Marcos Ana en una conversación que tuve con él hace unas semanas atrás, tiene 89, habla sin rencor, convencido del significado de la palabra solidaridad. Publicó sus memorias que llevan por título Decidme cómo es un árbol, el primer verso de un poema que escribió cuando comenzó a olvidarse del mundo exterior en el que alguna vez habitó.

NUESTRO  HOMENAJE  A LOS  LUCHADORES POR  LA  PAZ,  LA  LIBERTAD Y  LA  JUSTICIA,  A  LOS  LUCHADORES  POR  EL  SOCIALISMO.

— Decidme cómo es un árbol