Publicaciones de Mario Hernández

Que te vaya bonito…

Los amores encontrados, los amores imposibles siempre han sido y serán temas para componer poemas, canciones y la misiva última del amante despechado antes de su suicidio. Morir de amor siempre fue la forma más bella de morir.

Tan vieja como la humanidad, el amor ha trastornado a hombres ecuánimes, ha vuelto homicidas a los pacíficos, coléricos a los mansos, tranquilos a los violentos, melancólicos a los alegres, eufóricos a los tristes, sanguinarios a los justos y hasta aquel que murió infamemente en la cruz “por salvar los pecados del mundo”, lo hizo por  AMOR a quienes en dos milenios no han hecho el mínimo esfuerzo para justificar el deicidio.

El amor también fue el pretexto para la avaricia y la guerra. Homero nos relata la destrucción de Troya, por la supuesta traición a la hospitalidad griega por un príncipe troyano. Y OH sorpresa, cuando cae la ciudad sitiada, por el ardid del caballo, del burro o de lo que haya sido, la amante raptada vivía feliz con su joven príncipe, opción válida para ella ante la eventualidad de solo ser la concubina de un viejo y sátiro rey griego.

Hace más de cincuenta años, ese gran compositor José Alfredo Jiménez, compuso la canción que tanto le gusta a nuestro Presidente: Ojalá que te vaya bonito.

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Acerca de Garroteros y Tirapiedras

Para el homo sapiens no fue fácil pasar del estado salvaje a la civilización. Dotado ya de todo un potencial intelectual que lo diferenciaba de todas las demás bestias, era conciente de estar en desventaja en un medio natural donde los depredadores lo superaban en fuerza, agilidad y desarrollo sensorial.

Este tránsito doloroso hacia la cúspide de mayor depredador del planeta y al dominio de la naturaleza para su provecho, solo fue posible por la observación,  la reflexión, y el ensayo-error.

Desprovisto de las características de las fieras que cazaban en solitario, osos y felinos principalmente, pudo darse cuenta del exitoso desempeño de depredadores menores, hienas y lobos, capaces de capturar presas que lo superaban ampliamente en peso y velocidad a través del esfuerzo colectivo, de una estrategia de caza y técnicas de aislamiento, cerco y ataque.

El esfuerzo en equipo, esto es, la  vida en grupos y la socialización del trabajo fue el gran salto que marcó la diferencia.

Sin embargo, y a diferencia de estos cazadores, el hombre no tenía ni las garras ni la dentadura apropiada para dar el golpe final sobre la presa.

Pero tenía ingenio, producto de su cerebro más desarrollado, tenía una visión estereoscópica que le permitía ver en tres dimensiones y calcular las distancias y tenía un par de miembros, sus manos, con una estructura anatómica  capaz de permitir la manipulación y elaboración de herramientas.

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